viernes, 19 de mayo de 2006

Para siempre...


El autobús paró en medio de la noche. Era una noche fría. El viento helado del norte atravesó rápidamente mi chaqueta de lana y sentí mis huesos entumecerse. Busqué en la solitaria avenida el rostro conocido que tantas veces habían acariciado mis labios. No lo encontré. Seguí caminando guiada tal vez por la costumbre de aquellos encuentros. Pronto lo descubrí. Allí estaba, con la cara demacrada y el cuerpo medio encogido. No me pareció tan alto. Los hombros le llegaban casi a las orejas. Siempre me he preguntado por qué cuando tenemos frío subimos los hombros...
Entramos al Canterbury. Agradecimos el calorcito del local. En el breve trayecto hasta la cervecería apenas intercambiamos palabra, y ahora, sentados en aquel rincón, su mirada me pareció una incógnita. Estaba desmejorado. Grandes ojeras cubrían sus ojos tristes o al menos, eso me pareció. Tuve la necesidad de abrazarle, de mimarle, de borrarle aquellos surcos negros con el sabor salado de mis besos. De cobijarle con suaves y dulces palabras mientras mis manos buscaban las suyas, pero no lo hice. Confié en que el café, calentito y humeante, le reconfortase como yo ya no sabía hacerlo. ¡Qué cerca y qué lejos!
Sentimientos contrapuestos, sensaciones no olvidadas. La química era algo innegable. Hubiese querido encontrar la fórmula que anulase esa atracción ¿fatal? ¿vital? de cualquier modo... dolorosa. Como si fuésemos adictos acabamos bebiendo de la misma fuente contaminada del deseo siempre latente en lo más profundo de nuestros frágiles cuerpos. Pero yo no había ido allí buscando sexo, esta vez no. Mi necesidad era otra, más importante y necesaria que satisfacer mis instintos primarios. Me incorporé, y rehuyendo su mirada, mientras peinaba mi desordenada melena con las manos, le dije que teníamos que hablar.
-¿De qué? –me preguntó-. Hemos hablado ya. No hay nada más que decir. Quiero disfrutar lo poco que me das.
-¿Ves como es necesario que hablemos? Si no, no me dirías lo que acabas de decir. –le imploré mientras buceaba en sus ojos intentando colarme por algún resquicio de esa puerta tan difícil de atravesar.
Como un felino acorralado empezó a dar vueltas por el cuarto en silencio. Su lucha era interna. De pronto se paró. Se sentó a mi lado y empezó a hablar. A quejarse. A enumerarme las múltiples veces que cambió su vida por mi. Aviones, barcos, trenes, autobuses, no faltaba ningún transporte público del que hizo uso para poderme abrazar. Quiso poner en mi espalda una mochila que no me pertenecía e intenté hacérselo ver. Dos minutos fue toda su cesión de la palabra, pero suficiente para devolver una carga que no me tocaba. Y entre publicidad y publicidad, como sucede cuando ves una película en la tele, yo mostré la mía. Pude contar mi experiencia en el reparto de la vida que nos había tocado vivir juntos. Esta vez sí me escuchó. Creo que fue la primera vez que tuvimos una conversación desnuda, sin adornos para hacer más cálida la estancia. No hubo medias verdades, tan sólo la “verdad” desprovista de tapujos nos envolvía. Permanecimos abrazados, callados, sintiendo la energía que emanaban nuestros cuerpos. Sellamos nuestro renacimiento con un apasionado y húmedo beso, mientras lágrimas no contenidas a tiempo nos recordaban el sabor agridulce del momento.
El sol nos recibió al salir a la mañana. Caminamos por la avenida en silencio, cogidos de la mano. La ciudad ya había despertado. Autobuses cargados de adormilados pasajeros se deslizaban raudos por el carril apropiado para ellos. Había llegado el momento. Nos fundimos en un fuerte abrazo...
-Cuídate –me susurró al oído. Cuídate mucho ¿si? –volvió a repetirme sujetándome los hombros y mirándome dulcemente a los ojos. Para siempre...
Puso un par de rápidos besos en mis mejillas y una suave y delicada caricia en mis labios: vete, vete antes de que... –hizo un gesto con la mano.
Me separé despacito y me di la vuelta caminando directamente hacia el taxi que esperaba. No me volví ni una vez. Abrí la puerta trasera y entonces... sólo entonces, me volví. Allí seguía él... de pié entre la multitud... mirándome... Llevó su mano a la boca y me envió un beso. Le sonreí ... Mientras, mi mano se alzaba diciéndole adiós y un "te quiero..." se perdía entre el crujir de una puerta al cerrarse.
Con un poco de retraso, feliz cumpleaños cielo...

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha emocionado este post, me ha puesto la carne de gallina.
Que sean muchas más.
¡Historias!, ¿eh?, no despedidas.
Viuda Negra

aprendiza de risas dijo...

Es una maravilla poder sellar un "renacimiento" con un hombre al que has amado hasta la saciedad. Que el lacre no se cuartee jamás y que la esencia de ese sello perdure en el tiempo.
Un besazo,

nuse dijo...

lo has contado muy bonito, la verdad.
El, da pena no? No os volvereis a ver?
Besos!

fantasía dijo...

"La más bella historia de amor..." ¿Os gusta Luz Casal? Ella canta esta canción. Sí,mi loca aprendiza, la esencia perdurará, porque "para siempre" es PARA SIEMPRE. Y claro que nos volveremos a ver, nuse, tenemos pendiente, algo por hacer :)
Me alegra saber que te ha emocionado mi relato, bella viuda (de ébano?), tengo buenas noticias: las historias nunca terminan, ahí os dejo otra, que la disfruteis.
Un segundito que me limpio la nata (es que vengo de una fiesta): besitos

Omar dijo...

:'( asi no puedoooo, QUE PRECIOSIDAAAAAAD!!!!, Espero que todo te vaya bien, :)