lunes, 22 de mayo de 2006

Un viaje en tren


Subí al tren y busqué el asiento 1V. No llevaba equipaje, así que me acomodé rápidamente y cerré los ojos. Era tal el cansancio, que me dormí antes de que el tren se pusiera en movimiento. Sueños apresurados, imágenes robadas al consciente y puestas en escena al bajar la guardia. Fotogramas en blanco y negro, conversaciones a media voz, reencuentros y despedidas se sucedían mientras el tren me alejaba del lugar que me vio nacer.
Hacía frío. Somnolienta, apenas podía abrir los ojos. Me removí en el asiento y desperezándome con un par de profundas respiraciones, busqué mi cazadora. Por un momento, pensé que seguía soñando; una hermosa sonrisa encontré en su lugar.
-Todavía tienes frío? ¿Quieres mi chaqueta? Te he tapado un poco con la tuya pero veo que no ha sido suficiente- me soltó la parrafada de un tirón.
No sabía qué decir. No recuerdo qué le dije ni cómo me fui incorporando. Estaba avergonzada. No sabía el tiempo que llevaba ahí sentado, mirándome mientras dormía. Me había quedado helada por dentro y por fuera. Necesitaba un café para entrar en calor y sacudirme el sopor. Le invité a uno por su amabilidad y aceptó; se echó a un lado y con un gesto me ofreció pasar delante. Llegar a cafetería fue toda una odisea, el vaivén del tren fue su cómplice... sus ojos los sentí fijos en mi trasero, sus manos en mi cintura cada vez que hacía un quiebro, mi nerviosismo iba en aumento –quizás debía tomarme una tila- pensé..
Después de todo pedí café y me tuve que conformar con descafeinado e instantáneo (alguien intentaba cuidarme ahí arriba), pero no pude conformarme ante la negativa del camarero al encender nuestros cigarros; así que volviendo a repetir la prueba de equilibro con nuestros humeantes cafés, iniciamos el regreso a nuestro vagón de fumadores.
Por fin llegamos. El asiento delantero no tenía bandeja para dejar el café y yo no podía, con una sola mano, buscar el paquete de cigarrillos en el bolso. Debí ser un libro abierto para él, pues sin decir nada al menos con la boca -pues sus ojos no habían callado ni un momento- acercó su mano a la mía y me cogió el vaso, rozándome los dedos al hacerlo. Nerviosa hasta la saciedad, busqué el maldito paquete y encendí uno. Creo que la primera calada debió de ser tan profunda como la que me ayudó a desperezarme pues encontré lo mismo al mirarle. Una bonita sonrisa...
No supe en qué momento me relajé. Si después o durante de... pero lo hice. Nos encontramos conversando como dos viejos amigos.
Era de León. Viajaba a Pamplona para tomar una copa y una conversación con un amigo y volverse otra vez. Cuatro horas de viaje sólo para eso. O mejor dicho, tan sólo cuatro horas para tanto...
Hablamos sobre este tema: la importancia y la necesidad de la amistad. Pensé en mi amiga...
“Nos conocimos siendo niñas, crecimos juntas. Compartimos todas las dudas y todas las aventuras. Nuestros armarios roperos, nuestros zapateros... Intercambiamos igual prendas como opiniones. Desvelamos secretos y enterramos otros. Nuestros estados civiles o domicilios lejanos no mermaron ese sentimiento. De nuevo a pesar de la distancia, el lazo se hace corto y esas dudas, temores, secretos, risas y lágrimas, corren a través de la red y nos llevan a la mesa de un Café, en un rincón, lejos de miradas indiscretas. Y es como si el tiempo se hubiese parado, la distancia no existiese y esas sillas estuviesen realmente ocupadas. Sabemos que podemos contar la una con la otra, no importa cuándo ni dónde. Ni que tengamos que hacer 400 km para abrazarnos y llorar juntas”.
Cuando regresé de mi paseo nostálgico allí seguía mi compañero de viaje mirándome mientras argumentaba su visión de la amistad. Teníamos el mismo concepto sobre el tema, la misma experiencia y el mismo sentimiento. Conectamos...
Conectamos tanto que los pasajeros y maletas iban y venían sin enterarnos. No había nadie más en aquel tren. Sólo nosotros y nuestras inquietudes. Intercambiamos algo más que opiniones y cigarros: risas, miradas y roces sutiles se sucedieron a la par que las estaciones.
-Perdón, creo que este es mi asiento- Los dos alzamos la mirada hacia aquella voz que había salido misteriosamente de algún recóndito lugar, y mi acompañante acertó a decir:
-2 pasillo, es el mío. Hay algún error.
No había ningún error. Sólo dos estaciones le separaban de su afirmación. Y desapareció tal como había llegado. De pronto. Dejando sobre mis labios un temblor al sentir los suyos posarse tímidamente al paso que buscaba mi mejilla. Como hizo con mi cazadora cuando la dejó en mis rodillas, me arropó... y lo único que vi al abrir los ojos, fue su hermosa sonrisa perderse entre carros, empujones y estrés.

7 comentarios:

aprendiza de risas dijo...

Una de las cosas más bonitas de la vida es poder tener a alguien cerca para que te pueda arropar. Podemos sentirnos privilegiadas por sentir que a nuestro alrededor tenemos amig@s, en plural, un regalo de los dioses.
Aquí, por ejemplo, te escribe una que te arropará siempre que "tengas frío".
Besos,

nuse dijo...

Vamos a ver! Por partes:
Punto nº 1: ¿Pero tu no habias dejado de fumar????????
Punto nº 2: En que carajo de tren de este país se puede fumar Lo han prohibido no??????
3er y ultimo punto y más importante: ¿estaba bueno? ¿le pillarias el telefono no? jajajajajajaja
Espero que tengas la amabilidad de resolver todas mis dudas.
Estoy impaciente!!!
Besosssss

fantasía dijo...

1.-Sí, he dejado de fumar.
2.-Hasta enero del presente año, en todos los trenes de largo recorrido, por supuesto, en vagón de fumadores.
3.-No tenía aspecto de enfermo :)
y no, nunca cogería algo que no
es mío.
Querida nuse, te encuentras en el rincón de fantasía. Aquí, todo puede ocurrir, de hecho, todo ocurre...
Besitos

fantasía dijo...

(tengo el dedo muy rapido... ejem...)
Gracias aprendiza, no sólo por pasar por aquí, también por estar ahí cuando tengo frío y ¡qué narices! cuando tengo calor ¡también estás!
Sí, la vida es generosa conmigo, por ello, doy gracias cada día.
Besos agradecidos a todas/os

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