Se oían murmullos. Todos mis miedos estaban allí, en aquel velatorio. Todos, excepto uno. Era gris, metálico. Su rostro no tenía expresión. Y allí estaba yo; paralizada, espectadora de aquel horrible renacer. El pavor me había atado los pies y, cuando vi caminar hacia mí a aquel monstruo de acero, pensé morir para nunca renacer. Más el instinto de supervivencia fue más fuerte que yo y me enfrenté a él. Visto y no visto. De un empujón lo metí en aquel cuarto donde estaban mis miedos. Cerré con fuerza la puerta y huí. Comencé a correr cual alma que lleva el diablo. Corría y corría, intentando alejarme lo más rápidamente posible de tanto horror. De pronto, escuché a la soledad que me llamaba y sin parar de correr giré el rostro... pero no me detuve. Mi carrera había comenzado y no parecía tener fin. Los gritos de "aquella señora" que quería proteger mi abatimiento mientras corría tras de mí, se hicieron insistentes e inaguantables, así que me detuve. Con la respiración entrec...