lunes, 29 de mayo de 2006

¡Mira lo que he encontrado!


Me levanté temprano, con el alba. Las golondrinas revoloteaban recortadas sobre el espacio de azul cielo que podía verse desde mi ventana.
Una gaviota apareció, solemne, volando en línea recta. Me di cuenta que iba hacia el amanecer y decidí seguirla.
Sentado en la arena, al borde mismo del agua, dejaba que la espuma rompiente de las olas acariciara mis pies descalzos. Un escalofrío de energía me recorría el cuerpo cada vez que, una tras otra, los iban cubriendo para retirarse, dejándolos brillar a la luz mágica que lo iba invadiendo todo.
El mar se mecía suavemente, sensual, insinuador, tentador. En el horizonte apenas un hilo dorado lo separaba del cielo azul.
El sol se estaba acicalando antes de asomar. El sol nunca aparece de pronto, es tímido, o acaso, cauteloso y prudente. Creo que respeta la intimidad de los amantes que a esa hora mágica están entregados al amor.
Lentamente su perfecta forma redonda, de un rojo impresionante, tiende sobre la superficie del mar una alfombra dorada que llega hasta mis pies. Mis pies reflejan ese color y siento todo mi interior inundado de luz sanadora, vigorosa.
Muchas veces tuve la tentación de echar a andar por esa estela con los brazos abiertos y el rostro iluminado, gozando de la brisa fresca y acariciadora. Hoy también siento esa tentación, pues algo en mi yo profundo, me dice que al final de la estela estás tú, cabello al viento, rostro iluminado, sonriente, con los abrazos abiertos esperando para abrazarme y fundirte conmigo.
Miles de peces de colores formarían un cortejo y fosforescentes caballos marinos abrirían el paso, seguidos de las preciosas estrellas de mar, que son las mismas de la noche que se han apartado para dejar paso al astro rey.
Es el abrazo mas deseado de mi vida. El que hoy percibo imposible como imposible será cualquier otro que pueda suplantar a éste. Ya mi vida vio muchas olas deshacerse en la arena como para creer en sirenas, aunque por encima de la razón, los sueños incluso de lo imposible es lo que me mantiene vivo.
Yo no creo que los sueños, sueños son. Son vitaminas para el alma y alma se ensancha hasta fundirse con el universo entero, y el alma es eterna y el universo infinito. ¿Cómo pensar entonces que los sueños solo son eso... espuma de rompientes olas que se esfuma y desaparece?.
Una melodía perenne, reiterativa que no monótona, me acuna en mi sueño. En un andante ma non tropo, el sonido del mar es una nana. Es la canción de cuna más hermosa que jamás se ha escrito.
En cada momento del día esa sinfonía de luz y color tiene su encanto. ¿Quién no ha sentido el amor al atardecer? Cuando los deseos aparecen con toda su intensidad, mientras el sol, también lentamente, va hacia el rojo púrpura, cuando las gaviotas le siguen en busca del refugio, cuando la penumbra invita al abrazo amoroso, a la entrega total, mientras un suave tul va cubriendo los cuerpos. El sol está en todo; si al amanecer respeta los fogosos amores del despertar, al atardecer procura dejar en la intimidad los amores que él mismo ha ido encendiendo a lo largo del día.
¡Oh, cariño!, que en cada instante soñado has estado a mi lado. ¡Cómo te quiero!, como percibo tu perfume, tus caricias, tus labios como alas de mariposas recorriendo mi cuerpo.
¡Oh, vida mía!, como deseo ardientemente que lo que siento lo pudiéramos compartir en este escenario donde la creación pone a nuestros pies todo un paraíso de emociones, sentimientos y vivencias.
¡Oh, amada mía! ¿Por qué existen jardines prohibidos donde retozar en la hierba? ¿Por qué quien mueve los hilos de nuestras vidas nos dirige por caminos tan dispares? ¿Por qué no somos dueños de nuestro destino? ¿Quien nos impide caminar por esa alfombra roja y ondulante y juntarnos con el mar y el cielo en el horizonte?.
Cada amanecer, cada atardecer, tengo la ocasión de experimentar los mismos sentimientos y también de quedarme, en la noche oscura, con la decepción reiterada de que, allí, a mi lado no hay nadie. Que alargo el brazo para buscarte y solo toco la arena húmeda. Que vuelvo a mi vida real y solo me queda el vacío. Un vacío que unicamente puedo llenar con estos sueños.
Acaso algún día me decidiré a caminar solo sobre la estela dorada del amanecer en busca del infinito.

Sueños de amanecer y atardecer: primavera 2001, por V.

domingo, 28 de mayo de 2006

Sacado del baúl...

En tus ojos, limpios, claros,
pude sentir la emoción
que en tu pecho se estremece
cual volcán en erupción.

Y una perla de cristal
se deslizó por tu cara
ese rostro de coral
bajo tu limpia mirada.



La perla se deslizó
furtiva hasta tu pañuelo
y el nudo de mi garganta
ya controlarlo no puedo.

Lágrima sincera y bella
cargada de sentimiento
puso en mi alma inquietud
admiración y un lamento.

Guardo la perla muy dentro
ya por siempre me acompaña
es la joya que de ti
siempre llevaré en mi alma.

J.B.

martes, 23 de mayo de 2006

El campo de trigo


Sentí una sensación muy rara en el cuerpo. Me fui al Centro de Salud. Un sarpullido me había salido en el pecho. El médico no sabía qué era. Los granitos presentaban una forma extraña. Parecían dos corazones separados por una sutil distancia. El doctor, después de un exhaustivo examen, diagnosticó una rarísima enfermedad.
Sin saber cómo, estaba en una camilla, en un hospital supongo. A mi lado había alguien que me agarraba de la mano. No le veía el rostro. Me pusieron un gotero y una máquina que registraba los latidos de mi corazón. Estaba como ida. Oía lo que decían, mi cuerpo estaba allí, pero... yo estaba en otro lugar...
Era un campo plantado de trigo. Enorme. No alcanzaba a ver dónde terminaba. Sentí una fuerte atracción . Quise ir, pero oí voces en la habitación y me volví a mirar. Y allí estaba yo, sin saber qué hacer. Alguien me llamaba a lo lejos, al mismo tiempo que la persona del cuarto, sollozando, me apretaba la mano.
Cada paso que daba adentrándome en el campo, alejándome del camino, arrancaba voces en la habitación, murmullos que no entendía y quien sujetaba mi mano, se aferraba más fuerte. Entonces me detuve. Dejé de caminar y quise retroceder, pero volví la mirada al campo y le vi a lo lejos. No sé quien era, ni por qué quería ir, sólo sé que era como un imán...
De nuevo los murmullos. Sollozos entrecortados. Busqué el motivo del alboroto y seguí las miradas que se perdían en un par de corazones entrelazados y ribeteados por un eritema sobre un cuerpo inerte. Se oía un pitido y otro y otro.... No sé, voces diciendo que se perdía. Más sollozos. Lágrimas vertidas de unos ojos que suplicaban, que imploraban, mientras abrazaba aquel cuerpo yerto. No pude escuchar más. El pitido se volvió continuo e infernal y atravesaba mis oídos, así que ...
Estaba allí, en ese campo amarillo que me atraía tanto. Un par de nubes extraviadas en un intenso color azul. Y ese olor... a pan tostado, a verano, a plenitud, a.... Más llantos. El hechizo se rompió. Me sentí tan mal que di la vuelta y regresé al camino. Más voces. Voces diciendo que se restablecía el ritmo. Risas y lloros entremezclados.
Volví la vista atrás y entonces le REconocí...
Había llegado el momento de tomar una decisión. Giré el rostro hacia aquel cuarto lleno de dolor y luego al campo pletórico de trigo.
Comencé a caminar; primero despacio, luego deprisa. Ya no me importaban las voces, ni los llantos, ni las lágrimas que caían sobre la mano. Elegí. Corrí atravesando el campo hasta llegar al otro extremo donde mi salvación me esperaba con los brazos extendidos. Me tomó de la mano y me sonrió. Le devolví la sonrisa y juntos empezamos a caminar.
En la habitación, el doctor dijo que no había nada que hacer. El extraño sarpullido se había unificado. Ya no había actividad que registrar.
Seguí caminando de la mano de aquel hechizo. El suave movimiento del trigo, el trino de los pájaros, el olor dulzón de las flores. Todo me hizo sentir como si cabalgase en una nube de algodón. Quise parar el tiempo y llenar mis pulmones de tantas sensaciones.
El campo se acabó de improviso. Sólo había un precipicio. Giré el rostro con expresión confusa. Entonces, me di cuenta que estaba sola. Miré atrás y vi como desaparecía el campo, con su trigo, sus flores, sus trinos. Busqué desesperadamente una mano en la que asirme y no la encontré. No podía volver... ya no había campo.... no había camino. Ya sólo podía dar un paso al frente y lanzarme al vacío. Aceptar mi destino.
Cerré los ojos adelantando el pié...
¡Ufff! ¡Todo ha sido un sueño! Me pellizco y siento el dolor. Me subo la camiseta pintada de viejos recuerdos y no tengo ningún sarpullido. Sonrío. ¡Todo ha sido un sueño!
Siento calor y abro la ventana, dejo entrar los rayos del sol. Oigo el canto de un ruiseñor. Una suave brisa coquetea con mi cabello soltado al viento. Respiro fuertemente y mis pulmones se llenan de un rico olor, un olor muy dulzón. Mis sentidos se agudizan de repente, están alerta... busco con la mirada... Y... ¿No es trigo, aquello que se deja mecer por el viento?

lunes, 22 de mayo de 2006

Un viaje en tren


Subí al tren y busqué el asiento 1V. No llevaba equipaje, así que me acomodé rápidamente y cerré los ojos. Era tal el cansancio, que me dormí antes de que el tren se pusiera en movimiento. Sueños apresurados, imágenes robadas al consciente y puestas en escena al bajar la guardia. Fotogramas en blanco y negro, conversaciones a media voz, reencuentros y despedidas se sucedían mientras el tren me alejaba del lugar que me vio nacer.
Hacía frío. Somnolienta, apenas podía abrir los ojos. Me removí en el asiento y desperezándome con un par de profundas respiraciones, busqué mi cazadora. Por un momento, pensé que seguía soñando; una hermosa sonrisa encontré en su lugar.
-Todavía tienes frío? ¿Quieres mi chaqueta? Te he tapado un poco con la tuya pero veo que no ha sido suficiente- me soltó la parrafada de un tirón.
No sabía qué decir. No recuerdo qué le dije ni cómo me fui incorporando. Estaba avergonzada. No sabía el tiempo que llevaba ahí sentado, mirándome mientras dormía. Me había quedado helada por dentro y por fuera. Necesitaba un café para entrar en calor y sacudirme el sopor. Le invité a uno por su amabilidad y aceptó; se echó a un lado y con un gesto me ofreció pasar delante. Llegar a cafetería fue toda una odisea, el vaivén del tren fue su cómplice... sus ojos los sentí fijos en mi trasero, sus manos en mi cintura cada vez que hacía un quiebro, mi nerviosismo iba en aumento –quizás debía tomarme una tila- pensé..
Después de todo pedí café y me tuve que conformar con descafeinado e instantáneo (alguien intentaba cuidarme ahí arriba), pero no pude conformarme ante la negativa del camarero al encender nuestros cigarros; así que volviendo a repetir la prueba de equilibro con nuestros humeantes cafés, iniciamos el regreso a nuestro vagón de fumadores.
Por fin llegamos. El asiento delantero no tenía bandeja para dejar el café y yo no podía, con una sola mano, buscar el paquete de cigarrillos en el bolso. Debí ser un libro abierto para él, pues sin decir nada al menos con la boca -pues sus ojos no habían callado ni un momento- acercó su mano a la mía y me cogió el vaso, rozándome los dedos al hacerlo. Nerviosa hasta la saciedad, busqué el maldito paquete y encendí uno. Creo que la primera calada debió de ser tan profunda como la que me ayudó a desperezarme pues encontré lo mismo al mirarle. Una bonita sonrisa...
No supe en qué momento me relajé. Si después o durante de... pero lo hice. Nos encontramos conversando como dos viejos amigos.
Era de León. Viajaba a Pamplona para tomar una copa y una conversación con un amigo y volverse otra vez. Cuatro horas de viaje sólo para eso. O mejor dicho, tan sólo cuatro horas para tanto...
Hablamos sobre este tema: la importancia y la necesidad de la amistad. Pensé en mi amiga...
“Nos conocimos siendo niñas, crecimos juntas. Compartimos todas las dudas y todas las aventuras. Nuestros armarios roperos, nuestros zapateros... Intercambiamos igual prendas como opiniones. Desvelamos secretos y enterramos otros. Nuestros estados civiles o domicilios lejanos no mermaron ese sentimiento. De nuevo a pesar de la distancia, el lazo se hace corto y esas dudas, temores, secretos, risas y lágrimas, corren a través de la red y nos llevan a la mesa de un Café, en un rincón, lejos de miradas indiscretas. Y es como si el tiempo se hubiese parado, la distancia no existiese y esas sillas estuviesen realmente ocupadas. Sabemos que podemos contar la una con la otra, no importa cuándo ni dónde. Ni que tengamos que hacer 400 km para abrazarnos y llorar juntas”.
Cuando regresé de mi paseo nostálgico allí seguía mi compañero de viaje mirándome mientras argumentaba su visión de la amistad. Teníamos el mismo concepto sobre el tema, la misma experiencia y el mismo sentimiento. Conectamos...
Conectamos tanto que los pasajeros y maletas iban y venían sin enterarnos. No había nadie más en aquel tren. Sólo nosotros y nuestras inquietudes. Intercambiamos algo más que opiniones y cigarros: risas, miradas y roces sutiles se sucedieron a la par que las estaciones.
-Perdón, creo que este es mi asiento- Los dos alzamos la mirada hacia aquella voz que había salido misteriosamente de algún recóndito lugar, y mi acompañante acertó a decir:
-2 pasillo, es el mío. Hay algún error.
No había ningún error. Sólo dos estaciones le separaban de su afirmación. Y desapareció tal como había llegado. De pronto. Dejando sobre mis labios un temblor al sentir los suyos posarse tímidamente al paso que buscaba mi mejilla. Como hizo con mi cazadora cuando la dejó en mis rodillas, me arropó... y lo único que vi al abrir los ojos, fue su hermosa sonrisa perderse entre carros, empujones y estrés.

viernes, 19 de mayo de 2006

Para siempre...


El autobús paró en medio de la noche. Era una noche fría. El viento helado del norte atravesó rápidamente mi chaqueta de lana y sentí mis huesos entumecerse. Busqué en la solitaria avenida el rostro conocido que tantas veces habían acariciado mis labios. No lo encontré. Seguí caminando guiada tal vez por la costumbre de aquellos encuentros. Pronto lo descubrí. Allí estaba, con la cara demacrada y el cuerpo medio encogido. No me pareció tan alto. Los hombros le llegaban casi a las orejas. Siempre me he preguntado por qué cuando tenemos frío subimos los hombros...
Entramos al Canterbury. Agradecimos el calorcito del local. En el breve trayecto hasta la cervecería apenas intercambiamos palabra, y ahora, sentados en aquel rincón, su mirada me pareció una incógnita. Estaba desmejorado. Grandes ojeras cubrían sus ojos tristes o al menos, eso me pareció. Tuve la necesidad de abrazarle, de mimarle, de borrarle aquellos surcos negros con el sabor salado de mis besos. De cobijarle con suaves y dulces palabras mientras mis manos buscaban las suyas, pero no lo hice. Confié en que el café, calentito y humeante, le reconfortase como yo ya no sabía hacerlo. ¡Qué cerca y qué lejos!
Sentimientos contrapuestos, sensaciones no olvidadas. La química era algo innegable. Hubiese querido encontrar la fórmula que anulase esa atracción ¿fatal? ¿vital? de cualquier modo... dolorosa. Como si fuésemos adictos acabamos bebiendo de la misma fuente contaminada del deseo siempre latente en lo más profundo de nuestros frágiles cuerpos. Pero yo no había ido allí buscando sexo, esta vez no. Mi necesidad era otra, más importante y necesaria que satisfacer mis instintos primarios. Me incorporé, y rehuyendo su mirada, mientras peinaba mi desordenada melena con las manos, le dije que teníamos que hablar.
-¿De qué? –me preguntó-. Hemos hablado ya. No hay nada más que decir. Quiero disfrutar lo poco que me das.
-¿Ves como es necesario que hablemos? Si no, no me dirías lo que acabas de decir. –le imploré mientras buceaba en sus ojos intentando colarme por algún resquicio de esa puerta tan difícil de atravesar.
Como un felino acorralado empezó a dar vueltas por el cuarto en silencio. Su lucha era interna. De pronto se paró. Se sentó a mi lado y empezó a hablar. A quejarse. A enumerarme las múltiples veces que cambió su vida por mi. Aviones, barcos, trenes, autobuses, no faltaba ningún transporte público del que hizo uso para poderme abrazar. Quiso poner en mi espalda una mochila que no me pertenecía e intenté hacérselo ver. Dos minutos fue toda su cesión de la palabra, pero suficiente para devolver una carga que no me tocaba. Y entre publicidad y publicidad, como sucede cuando ves una película en la tele, yo mostré la mía. Pude contar mi experiencia en el reparto de la vida que nos había tocado vivir juntos. Esta vez sí me escuchó. Creo que fue la primera vez que tuvimos una conversación desnuda, sin adornos para hacer más cálida la estancia. No hubo medias verdades, tan sólo la “verdad” desprovista de tapujos nos envolvía. Permanecimos abrazados, callados, sintiendo la energía que emanaban nuestros cuerpos. Sellamos nuestro renacimiento con un apasionado y húmedo beso, mientras lágrimas no contenidas a tiempo nos recordaban el sabor agridulce del momento.
El sol nos recibió al salir a la mañana. Caminamos por la avenida en silencio, cogidos de la mano. La ciudad ya había despertado. Autobuses cargados de adormilados pasajeros se deslizaban raudos por el carril apropiado para ellos. Había llegado el momento. Nos fundimos en un fuerte abrazo...
-Cuídate –me susurró al oído. Cuídate mucho ¿si? –volvió a repetirme sujetándome los hombros y mirándome dulcemente a los ojos. Para siempre...
Puso un par de rápidos besos en mis mejillas y una suave y delicada caricia en mis labios: vete, vete antes de que... –hizo un gesto con la mano.
Me separé despacito y me di la vuelta caminando directamente hacia el taxi que esperaba. No me volví ni una vez. Abrí la puerta trasera y entonces... sólo entonces, me volví. Allí seguía él... de pié entre la multitud... mirándome... Llevó su mano a la boca y me envió un beso. Le sonreí ... Mientras, mi mano se alzaba diciéndole adiós y un "te quiero..." se perdía entre el crujir de una puerta al cerrarse.
Con un poco de retraso, feliz cumpleaños cielo...

El que camina sobre la cuerda


Alguien robó fondos de las arcas de un estado. Las sospechas recaían sobre dos ministros, uno anciano y otro joven. El rey recurrió a un método bastante peculiar. Les dijo:
-Vamos a tender un alambre entre las cimas de dos colinas, y vais a cruzar sobre él. El que logre pasarlo será considerado inocente, y el que se precipite al vacío, culpable, y así ya recibirá el castigo por su fechoría.
Se dispuso todo como el monarca quería y llegó el día de la prueba. El rey estaba acompañado por su séquito. Le tocó en primer lugar el turno al ministro más joven. Comenzó, titubeante, a caminar por el alambre y enseguida perdió el equilibrio y se precipitó en el abismo. Todos pensaron que la misma suerte, lógicamente, correría el anciano.
Muy concentrado, y con movimientos conscientes y pausados, el anciano se encaramó al cable. Lentamente fue cruzando por él, con elegancia, ante la enorme sorpresa de todos los presentes, que fue mayúscula al comprobar que el ministro conseguía pasar de una a otra colina y evitar precipitarse al vacío. Todos los presentes estallaron en vítores y aplausos. Por supuesto, el rey indultó a su ministro, pero como tenía mucha curiosidad de saber cómo lo había conseguido, le hizo llamar.
-Amigo mío -dijo el monarca-, has logrado un gran éxito en la dificilísima prueba. Pero dime, fiel ministro, ¿cómo lo has conseguido?
Y el ministro contestó:
-Señor, no ha habido ningún secreto o misterio en ello. Ha sido muy simple: me he limitado a hacer, sobre el alambre, lo que he hecho a lo largo de toda mi vida. Siempre he tratado de ser ecuánime y de no extremarme en mis juicios, palabras o comportamientos, y si alguna vez tendía a hacerlo, corregía. Lo mismo he hecho sobre el alambre: si me iba hacia un lado, corregía; que me iba hacia el otro, corregía, tratando de mantener el equilibrio. Ha sido muy fácil. He puesto en práctica la actitud que toda mi vida me ha guiado.
Y colorín colorado, aunque la historia de El Faquir ha terminado, la vida sigue, y es como un alambre que se extiende desde el nacimiento hasta la muerte. Todos somos funámbulos...