sábado, 29 de noviembre de 2008

jueves, 20 de noviembre de 2008

A mi "Ángel" de la guarda...

"Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelabro, para que los que entren vean el resplandor"

Lucas, 11,33

¿Recuerdas esta cita? Aparece en un libro que me regalaste la última vez que nos vimos en mi tierra, no te daré pistas, quiero que ejercites la memoria ;)

Hoy pensé en ti. LLegué a casa y encendi el ordenador, como hago siempre a estas horas. No sé, fue raro, era esa sensación que tienes cuando alguien te observa... Mis ojos buscaron el motivo. Y allí estaba. Anotado en el calendario que tengo enfrente rezaba: "cumple de mi ángel". ¡Por eso te habías colado tantas veces en mi pensamiento a lo largo de la mañana! ¡Y yo sin darme cuenta! Pero ahí estaba mi "instinto", ahí estabas tú, "persistente", recordándome que había dejado la lámpara, bajo el celemín. Mil perdones, querido amigo. Aunque me haya olvidado de la lámpara, tu resplandor siempre ha permanecido. Aunque no he silbado en este tiempo, sí que he tirado la moneda montooooones de veces, así que siempre te he llevado y te llevo conmigo, como oro en paño, porque tu eres "mi ángel", mi amigo...

"Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz"

Cierra los ojos y siente mi abrazo... ya sabes... tres minutos...

lunes, 10 de noviembre de 2008

Reminiscencias

Y sin saber por qué, hoy te he encontrado entre mis recuerdos.
Gracias por tejerme sueños...

“Yo no sabía que tú podías ser yo o que yo era el otro que tú habías sido en otra vida. Por eso, desde aquella tarde en que me contaste esa bonita historia bajo los árboles del parque, no dejé de buscar en tu pecho ese punto luminoso que nos identificase como un uno reencontrado.

-No hay medias naranjas ni medios limones. Hay seres que fueron y que cuando vuelven a ser se encuentran.

Me fascinaba todo lo que decías. Te escuchaba embobado y atento porque sabía que tu memoria guardaba mil hermosas historias. Y de pronto un relámpago cruzó lo más hondo de mi pensamiento y te imaginé como el mosquetero o el bucanero que yo había sido en otra vida.

-Yo sé que en otra de mis vidas fui bucanero o mosquetero. A veces me recuerdo asaltando fortalezas españolas en La Florida. Creo que navegué junto a sir Francis Drake y que llevaba un arete de oro en la oreja izquierda. El arete me lo había regalado el propio Drake aquella primavera en que cruzamos Buena Esperanza. Pero a veces me quito el pendiente y me recorto la perilla y la imagen me devuelve al mosquetero que aquel invierno cruzó las bravas tormentas de Calais para devolver a la Reina su comprometedor collar. Sé que fui yo, pero la memoria es lejana y a veces se difumina y creo que me lo he inventado todo.

-Es curioso –dijiste tú- porque yo también fui bucanero o cómplice de la Reina, y hasta creo que en el lejano Oriente, en un palacio de la exótica Bagdad fui una hermosa gata blanca. Puede que fuera la primera mujer bucanero, porque mientras me contabas el asedio a las fortalezas algo en mi mano se ha removido, como si realmente mi mano estuviera manejando el florete. Pero también he recordado de repente cómo la Reina me confió sus miedos y me dijo que sólo podía confiar en mí. Es como si ahora viera de nuevo como D’Artagnan me entregara el collar. Pero tú no eras D’Artagnan.

-Es cierto, yo era Portos y aquella noche me entretuve en lances de amor con una camarera del Cardenal.

-Pero el recuerdo más poderoso es el regazo de Sherab, la favorita del Sultán. Yo vivía en el serrallo entre finas sedas y pulseras de oro bruñido y sensuales fragancias que el perfumero del sultán extraía de los pétalos de las rosas y de mil flores cuyo nombre desconozco. Era plácida aquella vida que invitaba al conocimiento y a la reflexión. Yo observaba y aprendía porque cada mañana los hombres más sabios del Imperio acudían a instruir a Sherab. A nuestro sultán le habían contado que hubo una vez una bella mujer que se llamaba Sherezade y que fue capaz de contentar a un feroz y sanguinario sultán durante mil y una noches. Por eso nuestro sultán decidió instruir a Sherab. “Ni siquiera el cielo que promete el Profeta –dicen que pensaba en sus largos silencios el sultán- puede ser tan magnífico como la sabiduría en los labios de una hermosa mujer”.

-Es cierto que un día fuiste gata porque hoy eres más hermosa que la Sherab de los grabados antiguos y tu palabra es tan amena y sabia como fue la dulce palabra de Sherezade.


Y entonces yo me miré el pecho y dibujé junto a mi corazón un punto luminoso en cuyo fin se adivinaba la agilidad de una gata, y pensé, que encontrar a ese otro que acaba siendo tu mismo, resultaba muy sencillo, porque todo consistía en reconocerse a pesar del tiempo transcurrido.”

A. Faro
A mi amigo A. F.